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ECONOMIA POPULAR

EL NUEVO SUJETO SOCIAL
Los Buscas

[Por Juan Grabois, Miradas al Sur]
En tren, colectivo, andén, estadios, puerta a puerta, en la calle; deambulando, con mantas, carritos o puestos; en ferias francas, persas, americanas; artesanos o manualistas; en mercados populares, saladitas y bolishops…, son millones los “buscas” que se meten a los codazos en un mercado cada vez más concentrado y restrictivo. Venden las más variadas mercancías: golosinas, panchos, gaseosas, café, películas, CDs, ropa, anteojos de sol, relojes, libros billuterí, artesanías, manualidades. Originales, copias, imitaciones, saldos, decomisos, lo que salga, el busca no se casa con ningún rubro, saca pecho y va al frente a ganarse el mango, con dotes de actor callejero, coraje sin límites y un par de pies cansados que sustituyen el alquiler del vistoso local con vidriera y alarma que no pueden pagar.
Los que fueron expulsados de las fábricas y el campo en aras de un sistema que venía a garantizar la libertad de mercado frente al populismo “estatista” son perseguidos por ejercer una forma de comercio que se caracteriza por ser de todas la más libre, eficiente, basada en la iniciativa privada y la creatividad personal.

La paradoja del Estado liberal es que sustituye la metafórica “mano invisible” del mercado por un muy concreto garrote policial cuando los excluidos tratan de acomodarse en un rinconcito para competir “libremente” por su parte de la torta. ¿Cuál es el crimen del mantero, cuál el del feriante o el del artesano? Disputar el mercado, distribuirlo, desconcentrarlo, ganarse un pedacito en base a su propio esfuerzo, desde el único lugar que le dejó el sistema: el espacio público.
Los buscas son magos: convierten a los liberales en los más fervientes estatistas. “Venga señor Estado, señor policía, señor inspector y sáquenos a estos negros que no pagan impuestos, que ocupan la calle, que son informales, que son mafiosos”, dicen los elegantes comerciantes de Florida o los anticuarios de San Telmo. Y si chillan mucho, el señor Estado termina desalojando a esos buscas “malvados”, entregándoles en bandeja el mercado a los “buenos” comerciantes. A no dejarse mentir, no es que unos sean más “formales” que otros (en Florida se evaden impuestos, negrean empleados, venden ropa de talleres clandestinos y artículos de contrabando; en San Telmo los anticuarios lavan dinero, practican la usura y estafan viudas) sino que unos tienen capital y otros solo un paño con mercadería barata.
Con todo, no será el mantero sino el shopping quien arruine a los enardecidos comerciantes. El Estado banca más a la CAME[i] que a la CTEP, pero mucho más a IRSA que a la CAME. Cornide[ii] es guapo con los manteros cuando tiene atrás a la Metropolitana y a los medios pero con Elsztain y Soros[iii] se queda solari… y se mea encima. A no engañarse: la concentración económica no responde a la ausencia del Estado sino a su instrumentalización clasista. El liberalismo es una ficción, una mistificación que conduce a la dictadura de los monopolios.
En nuestros tiempos, sin embargo, esta fórmula tampoco es infalible. El Estado capitalista empieza a hacer agua por todos los costados. La presión social y demográfica de los excluidos es tal que resulta imposible desalojarlos a todos de todos lados. Desde las periferias, cada vez más al centro, se van abriendo espacios. El Estado, descompuesto y en crisis, pierde el control sobre sus propios agentes que, incapaces de ordenar el gallinero, utilizan el monopolio de la fuerza para extraer ganancias de la informalidad mediante nuevas formas de explotación y coerción parapolicial. Así, las ferias populares exitosas como las de Lomas de Zamora (La Salada), nacidas de la iniciativa solidaria de los excluidos, fueron secuestradas por organizaciones mafiosas integradas por financistas y policías. Empresas como “Punta Mogotes” y “Urkupiña” han llegado a tal nivel de integración con el poder como para lograr que el intendente Isaurralde y el juez federal Armella dispusieran, con ridículas excusas ambientales, eliminar a toda competencia desalojando La Riberita, una feria de 14.000 puestos independientes.
Semejante proceso de degradación está transformando las prácticas tradicionales de los buscas. La penetración de estructuras mafiosas en el sector informal está destruyendo la ley de la calle, ese “código” consuetudinario de transmisión oral que creaba una comunidad respetuosa entre ellos y permitía que, casi espontáneamente, se distribuyeran espacios, paradas y rubros en forma equitativa y fraterna. Por ese mismo motivo, los trabajadores de actividades típicamente individuales se están reagrupando, organizando, construyendo poder popular para enfrentar esta nueva amenaza y bancar la parada. La CTEP emerge de ese proceso, interpela al gobierno y organiza a los trabajadores para que los trabajadores de comercio popular mantengan sus puestos de trabajo, recuperen los derechos laborales y neutralicen la penetración mafiosa en la actividad.
Estado, poder y gobierno son tres cosas distintas. En la medida que las estructuras injustas permanezcan intactas, en la medida que el sistema económico siga girando en torno de la ganancia, mientras el pueblo organizado no tenga el poder, el verdadero andamiaje del Estado, sus jueces, parlamentarios, burócratas y policías seguirán al servicio de las minorías privilegiadas, defendiendo al comerciante rico frente al mantero pobre, tolerando Punta Mogotes y desalojando La Riberita, protegiendo las mafias y debilitando los movimientos sociales. El deber de un gobierno popular que busca un proceso de cambio no es eliminar estas contradicciones por decreto. Eso es imposible. Su deber es, como enseñó Chavez, darles poder económico, cultural y político a los excluidos, a los pobres, a los buscas, para luchar por su emancipación.

Fuente: Miradas al Sur, Producción Riachuelo

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