BOLIVIA Y EL EJERCICIO DE UNA DEMOCRACIA MAS PARTICIPATIVA

UN FARO
La esperanza de Vivir Bien

Juan Grabois*

 
La semana pasada me tocó, inmerecidamente, vivir un acontecimiento histórico: la asunción del tercer mandato constitucional de Evo Morales como presidente del Estado Plurinacional de Bolivia. Me siento obligado a hacer un parate en la serie de artículos específicos sobre Economía Popular para compartir con los lectores algunas impresiones de esta experiencia inolvidable. Desde luego, los puntos de conexión entre nuestro tema principal y el proceso de cambio boliviano son infinitos. Más del 70% de los trabajadores bolivianos pertenecen al sector popular de la economía, con un alto nivel de asociativismo y producción comunitaria. Asimismo, los migrantes bolivianos en nuestro país se insertan en gran número dentro de la economía popular, participan de los movimientos sociales y enriquecen la vida cultural de nuestras villas y barriadas con sus tradiciones. Muchos otros, demasiados, son salvajemente explotados directa o indirectamente por empresarios del sector privado ante la inacción criminal del Estado, que al día de hoy no cuenta con una sola política pública de inserción laboral alternativa para estos compañeros.
Es que el pueblo boliviano con sus múltiples nacionalidades ha sido históricamente sometido, ultrajado, humillado, empobrecido y oprimido como pocos. Al saqueo impune de sus riquezas naturales, al exterminio de su gente, siguieron cientos de años de gobiernos entreguistas, colonizados, racistas, arrodillados frente al Capital depredador. Ese pueblo sufrido también ha resistido y luchado. En Bolivia nada es lo que era: desde el trópico y el alto, como vaticinó Tupac Katari, el indio, el obrero, el pueblo pobre organizado se ha levantado por millones para luchar por su dignidad. Millones en las calles, millones en las urnas, han logrado desalojar malos gobiernos y tomar el poder político para ponerlo al servicio de un proceso de cambio inclusivo, democrático, popular. Como una estrella en la oscuridad, cuando Latinoamérica ya sin Chávez parece retroceder después de su renacimiento popular, cuando la restauración neoliberal parece ganar terreno, en Bolivia brilla la esperanza de que el cambio todavía es posible.

Esa esperanza está en los cascos mineros, las polleras, los trajes indígenas, las manos curtidas que poblaban la Asamblea Legislativa (¡no en las tribunas para aplaudir, sino en las bancas para gobernar!). Pude ver la maravillosa imagen del Parlamento copado por trabajadores, campesinos, indígenas ¡Más de 30 legisladores de origen popular! ¡Más de la mitad de los legisladores son mujeres! ¡La Asamblea presidida por una joven de 32 años! También estaban presentes “los gremiales” como denominan en Bolivia a los trabajadores de la economía popular urbana: pequeños comerciantes, vendedores ambulantes, transportistas. En Bolivia se ha resuelto armoniosamente la tensión entre el comercio establecido y el popular: en las calles de La Paz hay miles de quiosquitos regularizados, similares a nuestros quioscos de diarios pero bien angostos, dispuestos prolijamente para que no estorben la circulación. En definitiva, la Asamblea Legislativa boliviana es la más viva muestra, tal vez a nivel mundial, del poder popular institucionalizado.
El acto de toma de posición de presidente y vicepresidente estuvo plagado de referencias a la centralidad insustituible de los movimientos sociales en cualquier proceso de transformación, a punto tal que los símbolos de mando fueron confiados a la juventud y los dirigentes de las organizaciones: “únicos garantes del proceso de cambio”. Por si fuera poco tuve la suerte de encontrarme con un viejo amigo, el Gringo Gonzales, ex cónsul boliviano en Argentina, a quien, debo confesar, jamás imaginé ver como presidente de la Cámara de Senadores. Es que con el Gringo compartimos jornadas de lucha bastante atípicas para un diplomático, resistiendo desalojos en La Matanza, combatiendo la xenofobia en las villas o acompañando la lucha contra la esclavitud laboral. Este Gringo boliviano, rebautizado “Grindio” por sus compatriotas, estaba siempre que los suyos lo necesitaran, poniendo el cuerpo, la cabeza y el corazón. Semejante militante en la cúspide del poder político apuntala la orientación revolucionaria del proceso boliviano.
Es que, tal como expresó García Linera en su discurso, estamos frente a un Estado de los movimientos sociales que busca superar los límites de la democracia formal en el terreno político, cultural y económico, en paz y paulatinamente. En la perspectiva boliviana la lucha por el buen vivir y la dignidad humana no puede realizarse a las patadas, a través de un decreto, estatizándolo todo o mediante una colectivización forzosa. Álvaro reivindica un socialismo de transición donde lo comunitario que “surge y se expande en base a la acción voluntaria de los trabajadores, al ejemplo y experiencia voluntaria de la propia sociedad” disputa con el Capital y el Estado burocrático como en un campo de batalla por la hegemonía social. Se trata de un “comunitarismo, inicialmente minoritario, como gotas en el desierto; luego como diminutos hilos de agua que a veces se secan, se interrumpen abruptamente, y luego renacen, y a la larga suman y se vuelven riachuelo; luego, río; luego, lago; luego, mar”.
El rol del Estado, en ese contexto, es “ayudar a que lo comunitario que brota por acción propia de la sociedad, se expanda, se fortalezca, pueda superar obstáculos más rápidamente. Pero la comunitarizacion de la economía solo puede ser una creación heroica de los propios productores que deciden exitosamente asumir el control de su trabajo a escalas expansivas”. Así, García Linera reafirma que los revolucionarios en el poder no llegaron para administrar el capitalismo sino para asistir el parto de una nueva sociedad.
Estos conceptos, expresados no por un troskista solitario en una asamblea universitaria sino en un discurso oficial por el vicepresidente de un Estado gobernado por un sindicalista indígena, son verdaderamente esperanzadores. Qué hermoso y cercano sería el futuro si los brotes de comunitarismo de nuestra economía popular fueran regados por un Estado revolucionario que los acompañe y no sofocados por una burocracia incompetente que les teme o los ignora.
Otro aspecto que me impresionó vivamente fue la humildad franciscana del presidente y vicepresidente bolivianos. No hubo lugares de privilegio para esposos, esposas, hijos o sobrinos. El balance de gestión de Evo fue sumamente autocrítico, marcando los avances y retrocesos con una preocupación evidente por enmendar sus errores. Las palabras fuertes estaban concentradas en el enemigo principal de los pueblos, el capitalismo, y no en personas particulares u opositores políticos. No vi ni ápice de triunfalismo, exitismo o soberbia en ellos, simplemente una ferra voluntad de trabajo y un apego a los principios ancestrales del buen gobierno: ama sua, ama llulla, ama quella (no mentir, no robar, no ser flojo).
El proceso boliviano se destaca, asimismo, por un abordaje único a la cuestión no resuelta de las naciones sin Estado. La constitución de una Estado plurinacional no es un juego de palabras: puede ser una de las clave para conquistar una paz duradera en el mundo. Se trata de reconocer respetuosamente distintos pueblos-nación, sus culturas y creencias, dentro de un Estado que no entrega ni soberanía ni integridad ter
ritorial. La experiencia boliviana se aleja así del esquema clásico del Estado burgués, que combina la subordinación de clase con la opresión de una nacionalidad hegemónica por sobre otras subalternas. Al mismo tiempo, la unidad diversa de los pueblos bolivianos neutraliza la estrategia imperial, balcanizadora y secesionista, que agudiza micronacionalismos, tensiones étnicas y odios religiosos en aras de debilitar los Estados, someter a los pueblos y saquear los recursos naturales. Tal vez por ello, este proceso sea tan admirado en el Kurdistán, y en otras regiones en conflicto. En Bolivia se va formando ese “poliedro” popular donde, en palabras de Francisco, “las múltiples formas, expresándose, constituyen los elementos que componen, en la pluralidad, la única familia humana”.
En ese sentido, la sintonía entre Francisco y Evo merece un párrafo especial. Ambos comparten la preocupación por la justicia social, el cuidado de la madre tierra y el encuentro entre pueblos y religiones. Ambos conciben la política como servicio, practican la austeridad, promueven los movimientos populares y centran su preocupación en los niños y los ancianos. Tras la participación de Evo en el Encuentro Mundial de Movimientos Populares celebrado en el Vaticano en octubre de 2014, esta sintonía se transformó en una genuina corriente de afecto que, sin duda, contribuye al reagrupamiento de todos los que en esta tierra luchamos por una alternativa humana a la tiranía del dinero.
Cuando lo saludé a Evo, me hizo esta broma: “Antes tenía sólo quínoa, ahora también tengo Papa”. Ojalá que la visita de Francisco a ese hermoso país se convierta en un nuevo espaldarazo en la lucha popular por tierra, techo, trabajo, dignidad y cambio social.

*Referente de la Confederación de los Trabajadores de la Economía Popular (Ctep)
Fuente: Miradas al Sur, Producción Riachuelo

 

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