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COORDINADORA LATINOAMERICANA DE ORGANIZACIONES DEL CAMPO: VI CONGRESO

VIA CAMPESINA: OTRO MUNDO ES POSIBLE
“Estamos ante un modelo de agricultura biológicamente imperialista y socialmente excluyente”

En el marco del VI Congreso de la Coordinadora de Organizaciones Latinoamericanos del Campo (CLOC) – Vía Campesina, que se realiza en Buenos Aires, Notas entrevistó a la investigadora Silvia Ribeiro del grupo Erosión, Tecnología y Concentración (ETC) de México para profundizar en la situación actual de la agricultura campesina y sus disputas con el agronegocio.

Además recordamos que el 17 de abril de 1996, en Eldorado dos Carajás, Amazonia, 1500 campesinos sin tierra que protestaban pacíficamente por sus derechos fueron reprimidos por la Policía Militar de Pará, Brasil. El resultado fue 22 campesinos muertos y 69 heridos. En conmemoración de aquel acontecimiento, la Vía Campesina declaró el 17 de abril como Día Internacional de las Luchas Campesinas.

– ¿Cuál es el significado de hacer este congreso de la CLOC en un país como Argentina en este momento?

– La Vía Campesina es la organización más grande del mundo y este congreso se da en un momento en cual la gente supone que es la agricultura industrial la que realmente alimenta al mundo. Organizaciones como ETC o GRAIN, hemos demostrado que el 70% de la población mundial se alimenta de lo que producen campesinos, pescadores artesanales, huertas urbanas, todo lo que se denomina pequeña producción, pero solo disponen cerca del 20% de la tierra.

La agricultura industrial usael 80% de la tierra y entre el 70% y el 80% de toda el agua y los combustibles que se usan en la agricultura. Y aunque producen un volumen muchísimo mayor de algunos granos, solo llegan a un 30% de la población en el mundo.

Y todo tiene que ver con todo: con el cambio climático, con la contaminación que produce la agricultura industrial a través del uso de agrotóxicos- Es necesario que sepamos además que la agricultura campesina es capaz de producir diverso, descentralizado, agroecológico. No quiere decir que todos lo hagan, pero incluso los campesinos que no producen agroecológico utilizan muchos menos químicos que la gran producción industrial, porque están mucho más cerca de la producción.

En la Argentina esto es particularmente relevante porque la visión que se tiene es que no hay nada más que un inmenso campo de agricultura industrial., que no hay no campesinos, ni indígenas, ni agricultores chicos. Por lo que el hecho de que sea el Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI) el anfitrión, es una demostración no solo de su existencia, sino de que están organizados.

En el marco de un crecimiento de los cultivos transgénicos, sobre todo en manos de las transnacionales, desde algunos sectores se viene incentivando el desarrollo de biotecnología pública.

– ¿Como ves esas alternativas?

– Quienes afirman que eso es posible lo tendrán que demostrar porque hasta ahora eso no ha sucedido. Lo que ha pasado ha sido justamente al revés: la entrada de las corporaciones, con las semillas transgénicas y antes con las hibridas, no significó aumentar la investigación pública, sino todo lo contrario. Las corporaciones se aprovecharon del germoplasma de las investigaciones públicas para su propio acervo. Es usar la investigación pública no para crear más acceso, sino para ponerse en situación de competencia dentro del negocio.

No es deseable que las instituciones públicas se dediquen a desarrollar investigaciones para cultivos que tienen un uso sumamente estrecho como son los transgénicos en lugar de aprovechar, como se hacía antes, para adaptar cultivos a diferentes zonas, diferentes regiones y se trabajaba directamente con los productores.

La investigación biotecnológica padece de un problema grave porque crea variedades sumamente uniformes y si esto se hiciera desde la investigación pública, tendría los mismos problemas. Es un enfoque sumamente estrecho y por lo tanto un mala inversión de dinero público.

– Hoy también hay una corriente de opinión que buscar favorecer a los pequeños productores, a los campesinos, pero en un marco de coexistencia con el modelo de los agronegocios. ¿Te parece esto una posibilidad viable?

– Yo estoy segura que en Argentina, pero también en Brasil y Uruguay, la agricultura familiar pese a que está cada vez más desplazada por la agricultura industrial, tiene papeles claves en la producción, en algunos nichos específicos como hortalizas, producción lechera y ese tipo de cosas. Creo que hay una responsabilidad de aprobar ese tipo de agricultura por el papel que ya cumple. Es un error decir que vamos a favorecer los dos modelos. Porque el modelo de la agricultura industrial es un modelo excluyente.

El investigador Miguel Teubal y otros, han demostrado que lo que pasó con la agricultura transgénica no es solo un problema tecnológico, sino una verdadera reforma agraria al revés. En la Argentina han desaparecido cerca del 40% de los establecimientos pequeños. Decir que esos modelos pueden convivir, es negar que la agricultura industrial está creando grandes problemas sociales, además de los problemas ambientales.

Estamos ante un modelo de agricultura biológicamente imperialista y socialmente excluyente que ocupa el lugar donde deberían estar otras formas de producción. Por lo tanto, no está bien apoyar con fondos públicos el modelo de los agronegocios y mucho menos en el de los transgénicos. Lo que se necesita es apoyar agriculturas diversificadas, que estén basados en conocimientos de quienes producen, sin problemas con el ambiente.

– ¿Y qué hacemos en un país como Argentina que tiene hoy ya más del 50% con soja transgénica y otro tanto de maíz y algodón?

– Hay que dejar de subsidiar a la agricultura transgénica en términos indirectos. Como mínimo que las industrias que han provocado desplazamientos de poblaciones, contaminaciones, problemas con la salud, se hagan cargo. Pero sobre todo, dejar que ese tipo de agricultura se siga expandiendo y comenzar con un proceso que revierta esta situación. Donde en lugar de estar en manos de cuatro empresas transnacionales –Monsanto, Singenta, Dupont y Cargill– se comience un proceso de independencia y soberanía. Porque en este momento, sectores claves de la agricultura y la economía están en manos de transnacionales.

– Para la gran mayoría de la población urbana, esto es algo que ocurre allá lejos en el campo ¿Cómo llega esta temática a las ciudades y cómo impacta en los consumidores?

– Impacta de muchas maneras. Una es la expulsión de la gente del campo que llega a las ciudades en condiciones de marginación. Pero hay uno que nos llega a todos que es la contaminación por glifosato en maíz y soja, aunque este último ya no se come directamente, está en gran parte de los alimentos que se consumen. Justo ahora la OMS confirmó lo que la ya investigadores como Andrés Carrasco habían denunciado hace mucho tiempo en Argentina, y es que el glifosato es cancerígeno.

Y un tercer elemento, es en relación a las oferta de alimentos. Si est
as en la ciudad y no estas produciendo tus propios alimentos, es un callejón sin salida cegarte a no mirar lo que pasa en el campo porque esto tiene que ver con la disponibilidad o no de alimentos sanos, nutritivos, ecológicos. Dejar que el campo argentino se convierta en un gigantesco desierto de soja y maíz transgénico, es hipotecar el futuro alimentario y la salud del pueblo.

– ¿Cuál crees que es la relevancia de la discusión de las Leyes de Semillas, tema candente en América Latina desde hace algunos años?

– La relevancia es enorme porque no existe agricultura que pueda funcionar sin semillas. El sembrar semillas y guardar una parte para sembrar en la próxima cosecha, es tan obvio que mucha gente ni siquiera sabe que es lo obvio. Sin embargo, esto se ha convertido en ilegal. Esto es solo para generar dependencia con las empresas, no tiene otra explicación.

En el caso de las leyes de derechos de obtentor, que es un tipo de propiedad intelectual sobre las semillas (es como una patente pero no exactamente), restringe el uso de las semillas. Y son cada vez más restrictivas que si no le pagas al productor industrial que la hizo, perdés la posibilidad de volver a sembrar.

Las leyes de propiedad intelectual son un instrumento perverso sin razón de ser. Veinte años atrás, en toda la región, los institutos públicos de investigación producían semillas que estaban a libre disposición de los productores. A lo mejor lo que se pagan era el trabajo de multiplicación. Ahora los que tienen el derecho de obtención son las grandes transnacionales, las mismas que venden transgénicos y lo que buscan es asegurarse que no van a tener ninguna forma de competencia. Por eso es muy importante oponerse a estas nuevas leyes de semillas que quieren imponer.

– ¿Cuáles son tus expectativas con este congreso?

– Como organización aliada a la Vía Campesina, es muy importante para nosotros la reivindicación del papel de la agricultura campesina, tanto en la salud como en la alimentación. Pero también en el papel para contener y revertir el cambio climático. Y también porque ante los ataques diversos a los territorios -ya sea por agronegocio, por monocultivos transgénicos o de árboles, plantaciones e incluso mineras- es urgente compartir informaciones y expresar solidaridades.
Fuente: Notas, Producción Riachuelo

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