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23 DE AGOSTO DE 1812: EXODO JUJEÑO

ENSEÑANZA DEL PUEBLO: RENDIRSE JAMÁS
 
Belgrano lanzó su arenga: “Desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa, os he hablado con verdad…Llegó pues la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reuniros al ejército a mi mando, si como aseguráis queréis ser libres”.
Todo aquel pueblo:hombres mujeres, ancianos y niños, partieron a las cinco de la tarde de aquel 23 de agosto de 1812.

Ante la inminencia del avance de un poderoso ejército español desde el Norte al mando de Pío Tristán, Belgrano emitió estando en Salta un Bando fechado el 29 de julio de 1812, disponiendo la retirada general ante el avance de los enemigos. La orden de Belgrano era contundente: había que dejarle a los godos la tierra arrasada, ni casas, ni alimentos, ni animales de transporte, ni objetos de hierro, ni efectos mercantiles. Sabía que las tropas realistas llegarían a Jujuy muertas de hambre y de sed con la ilusión de abastecerse y se proponía no dejarles nada. Para eso contaba con el apoyo incondicional de todo un pueblo que lo venía dando todo por la causa revolucionaria. Los más pobres eran los que compartían lo poco que tenía con las tropas patriotas. Pero Belgrano desconfiaba profundamente de las oligarquías locales a los que llamaba “los desnaturalizados que viven entre nosotros y que no pierden arbitrios para que nuestros sagrados derechos de libertad, propiedad y seguridad sean ultrajados y volváis a la esclavitud”. Tenía datos precisos de que ya estaban en contacto con la avanzada española para hacer negocios con las probables nuevas autoridades de las que habían recibido la garantía de respetar sus propiedades. Belgrano no les dejó alternativa o quemaban todo y se plegaban al éxodo o los fusilaba.



Belgrano lanzó su arenga: Desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa, os he hablado con verdad… Llegó pues la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reuniros al ejército a mi mando, si como aseguráis queréis ser libres”.

Todo aquel pueblo, hombres mujeres, ancianos y niños, partieron a las cinco de la tarde de aquel 23 de agosto de 1812. El general Belgrano fue el último en partir a las doce de la noche de aquel día destinado a pasar a la historia. Quería estar seguro que no quedaba nada ni nadie. Y quería también asegurar la retaguardia de todo aquel pueblo andante. En enemigo enfurecido le mordía los talones.

La gente llevaba todo lo que podía ser transportado en carretas, mulas y en caballos. Se cargaron muebles y enseres y se arreó el ganado en tropel.

Los viejos echaban una última, en no pocos casos en más de un sentido, a sus casas, en las que habían nacido cuando la colonia parecía el único sistema posible, cuando quedaban tan lejos los vientos libertarios que sonaban ahora, tan lejos de aquellos fuegos que ahora devoraron las cosechas y en las calles de la ciudad hacían arder los objetos que no podían ser transportados. Eran ellos, los ancianos, los encargados de contarles a los nietos que todo esto se hacía para ellos, para que vivieran otra vida, mejor que la de ellos, libre.

Los voluntarios de Díaz Vélez, que habían ido a Humahuaca a vigilar la entrada de Tristán y volvieron con la noticia de la inminente invasión, fueron los encargados de cuidar la retaguardia. El repliegue se hizo en tiempo récord ante la proximidad del enemigo. En cinco días se cubrieron 250 kilómetros y poco después la marea humana llegaba a Tucumán. Al llegar allí el pueblo tucumano le solicitó formalmente que se quedara para enfrentar a los realistas. Por primera y única vez Belgrano desobedeció a las autoridades, que querían obligarlo a retirarse sin pelear, y el 24 de septiembre de 1812, con el invalorable apoyo del pueblo tucumano obtuvo el importantísimo triunfo de Tucumán. Animados por la victoria, Belgrano y su gente persiguió a los realistas hasta Salta derrotándolos el 20 de febrero de 1813.

Fuente: El Historiador, Producción Riachuelo

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